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José María Buceta, psicólogo deportivo (http://chemabuceta.blogspot.com.es/)

09/04/2019

Psicólogos en el deporte: ¿Lujo o necesidad?

Psicólogos en el deporte: ¿Lujo o necesidad? En la gala de la Federación Española de Remo, la deportista de 26 años, Anna Boada, medalla de bronce en el campeonato del mundo celebrado en septiembre, 6ª en los Juegos de Río de Janeiro y, por tanto, aspirante a medalla olímpica en la próxima cita de Tokio 2020, anunció su retirada como consecuencia de una depresión que no ha podido superar.

En ese acto, Anna, licenciada en Medicina, tuvo la valentía de leer un escrito que no tiene desperdicio. Habló de la enorme presión a la que están expuestos los deportistas, la incomprensión de la enfermedad mental, la falta de fuerzas para seguir luchando y la ausencia de apoyo adecuado; y exhortó a que los deportistas reciban ayuda para gestionar las emociones, tengan apoyo durante las crisis y también como prevención.

En otras declaraciones que he podido leer, la exitosa remera ha dicho que desde mayo de 2018 sufría ataques de ansiedad, pero que encontró la forma de seguir tirando hasta los mundiales gracias a la ayuda psicológica que recibió por parte de sus entrenadores. Sin embargo, tras el éxito en el mundial, ya no pudo más y dejó de asistir a las concentraciones. Se esperaba que tras un periodo de alejamiento se reincorporaría a los entrenamientos, pero esta vez no pudo ser.

La depresión es una enfermedad muy seria que no hay que confundir con estar deprimido como estado de ánimo. Podemos deprimirnos (desanimarnos) por algo que nos sale mal, recibir una noticia adversa o tener un día aciago, pero ese es un estado de ánimo pasajero que, normalmente, con el tiempo se supera. En el deporte, los malos resultados, las lesiones o que las cosas no vayan como nos gustaría, sobre todo cuando percibimos que no está en nuestra mano cambiarlas, pueden provocar estados de ánimo depresivos, pero la enfermedad de la depresión es otra cosa.

La enfermedad de la depresión incluye un estado depresivo, de tristeza, casi todo el tiempo, pero además suelen estar presentes una pérdida de interés, disfrute o placer respecto a las actividades habituales o posibles proyectos, fatiga constante, pérdida de energía, abatimiento, sentimientos de indefensión y culpabilidad, dificultad para pensar y concentrarse, baja autoestima, cambios significativos de peso sin una explicación dietética, agitación o retraso psicomotor, insomnio,  y, en los casos más graves, pérdida de interés por la vida e ideas suicidas. El suicidio suele ser el desenlace de algunas depresiones graves. Asimismo, la depresión puede ir acompañada, o no, de estados de ansiedad más o menos frecuentes e intensos. Para diagnosticar una depresión como enfermedad no es necesario que coincidan todos estos síntomas, pero sí varios de ellos, y además es relevante que no se deban a las drogas o a otras enfermedades y, sobre todo, que provoquen un deterioro significativo del funcionamiento habitual.

Las causas de la depresión pueden ser varias. La que mejor explica las depresiones sin una base biológica o genética, como son las que suelen sufrir los deportistas, es la falta de control sobre las cosas que nos importan mucho, la enorme frustración que nos provoca percibir que no podemos hacer nada, sentirnos impotentes ante las demandas de los demás y las propias, concluir que somos incapaces de pilotar nuestra vida en la dirección que nos gustaría. La presencia de estos elementos no deriva necesariamente en una depresión, pero las papeletas son muchas. Un factor de riesgo es el intenso estrés psicosocial que conlleva la exigencia casi permanente de competir y rendir a un nivel muy elevado y responder a expectativas muy altas de los demás y de uno mismo; muy presente en el deporte de élite y otros ámbitos de alto rendimiento.

La mayoría de los deportistas no sufre una depresión como enfermedad, pero se trata de una población muy vulnerable, y, de hecho, siendo una minoría quienes la padecen, son más de los que públicamente se conocen. Se observa en bastantes casos de deportistas jóvenes de éxito temprano cuando llega el momento en que los resultados son peores que antaño y se ven incapaces de responder a las expectativas que ellos y sus allegados tenían. Se sienten fracasados, minimizados y culpables, y siendo más que muy probable que en su trayectoria hayan relacionado el éxito deportivo al valor que se dan como personas, ese sentimiento es horrible. Algunos sufren una ansiedad intensa hasta que deciden retirarse, se dan un tiempo de recuperación y encuentran refugio en una actividad más cómoda; pero no son pocos los que, retirándose o no, sufren una depresión que los aparta no sólo del alto rendimiento, sino, también, de una vida mínimamente normal y feliz, lo que les exige someterse al tratamiento adecuado.

En el caso de deportistas de élite adultos, si bien la depresión puede estar asociada al fracaso deportivo y la indefensión, culpabilidad y baja autoestima que este puede conllevar, no es una patología infrecuente en los que tiene mucho éxito. He conocido a campeones y medallistas olímpicos y otros deportistas exitosos que tras sus grandes hazañas han desarrollado esta enfermedad. Por desgracia, más de uno ha llegado a suicidarse o ha intentado hacerlo. Puede parecer paradójico, pero tiene su explicación.  

A veces, es la consecuencia del vacío que se produce tras alcanzar un gran éxito, lo que se ha denominado como “depresión del éxito”. Su vida ha tenido un gran propósito al que han dedicado grandes dosis de atención, tiempo, esfuerzo, sacrificio, etc. y ahora, se han quedado sin ese gigantesco desafío. Se sienten vacíos, sin objetivos interesantes, y perciben que su vida carece de sentido.  Le puede suceder a deportistas en activo que perciben haber logrado todo a lo que podían aspirar, y a deportistas de éxito cuando se retiran; para estos últimos, el vacío que la ausencia del deporte ha dejado en sus vidas puede derivar en una depresión que, hemos conocido casos, puede acabar en una tragedia.

Otras veces, lo más habitual cuando se sigue en activo, la depresión aparece cuando los deportistas exitosos sienten la obligación ineludible de tener éxito en las competiciones futuras porque así se lo exigen las expectativas de su entorno y las que ellos mismos se plantean. Esta altísima exigencia requiere nuevos sobreesfuerzos físicos y psicológicos que habrá que añadir al posible agotamiento por los prolongados sobreesfuerzos previos. Es decir, los deportistas llevan mucho tiempo soportando el elevado estrés de los entrenamientos, las competiciones y un estilo de vida que prioriza el sacrificio y la disciplina, y en muchos casos, están agotados: les quedan pocas fuerzas. Ya no pueden soportar más presión, pero el éxito alcanzado les obliga a sobreesforzarse todavía más.

En esas condiciones, consciente o inconscientemente, no se ven capaces de responder a esa obligación con todo lo que conlleva, y esa es una amenaza muy estresante que provoca una presión enorme y los hunde psicológicamente. La depresión está ahí. Y el ambiente optimista que habitualmente los rodea, en lugar de ayudar, los perjudica. A mayor optimismo y muestras de confianza en su futuro éxito, más se estresan y más probable es que se depriman. A eso se añade la incomprensión de la enfermedad. ¿Cómo puede estar deprimido alguien que tiene tanto éxito, qué es de los mejores del mundo, qué ha llegado dónde otros muchos sueñan, pero jamás estarán? Lo que la mayoría no sabe es que, precisamente, ese éxito puede ser el desencadenante de una depresión que, como en este caso, acabe con una carrera deportiva en su mejor momento.

No conozco los detalles del sufrimiento y las circunstancias de Anna Boada y, por tanto, puedo estar equivocado, pero no me extrañaría que en un deporte que, a diferencia de su “primo hermano”, el piragüismo, lleva mucho tiempo sin obtener triunfos internacionales relevantes, sus grandes éxitos hayan propiciado una expectativa altísima respecto a éxitos sucesivos, avivando una presión devastadora que ha derivado en depresión y acabado con ella como deportista de élite. Tras los Juegos, aguantó hasta el mundial, y el resultado deportivo fue muy bueno, pero a costa de un sobreesfuerzo psicológico que la ha desgastado aún más. Además, seguramente, ese excelente resultado habrá acentuado la “obligación” de conseguir la medalla en los Juegos de Tokio, tal y como se desprende de los comentarios de estos días considerándola favorita, y eso también habrá contribuido mucho al estrés que no ha podido soportar.

Los deportistas de élite están expuestos a una presión muy alta, y precisamente por eso, tal y como señala Anna, es fundamental que dispongan de la ayuda psicológica adecuada. Ella lamenta no haber tenido a su alcance este recurso, y si bien señala que recibió ayuda psicológica de sus entrenadores, es evidente que esta no ha sido suficiente. Lógico. Los entrenadores pueden aplicar la Psicología para enriquecer su trabajo y optimizar, así, el rendimiento de sus deportistas, pero por muchos conocimientos que tengan y mucha buena voluntad que pongan, no están preparados para manejar una enfermedad mental, ni es su función. Ocurre con la Medicina. El buen hacer de los entrenadores puede prevenir lesiones, pero en ningún caso pueden operar a un deportista de su menisco roto. El entrenador tiene su papel, también en lo psicológico, y el psicólogo el suyo, y ambos son complementarios. El triste caso de esta deportista, al igual que otros muchos, es una muestra más de que el psicólogo debe tener su lugar. ¿Lujo, o necesidad?

En su larga trayectoria hasta la élite mundial, ¿cuánto tiempo, esfuerzo y sacrificio habrán invertido Anna Boada, su compañera Aina Cid, sus entrenadores y todos los que hayan colaborado en un proyecto tan ambicioso? Y ¿cuánto dinero habrá costado todo ese esfuerzo? Es incalculable la generosidad en dedicación y esfuerzo de todos los implicados, y el montante económico, sin duda, ha sido muy alto.  Sin embargo, parece que no había lugar para un psicólogo que podría haber evitado que toda esa inversión se haya ido al garete. ¿Es un lujo que no se han podido permitir, o demuestra la ignorancia o irresponsabilidad de unos directivos que no han puesto los medios para atender esta necesidad?

Hoy en día, el psicólogo es una figura ampliamente aceptada en el deporte, y como demuestran numerosos ejemplos, muchos de ellos de deportistas muy exitosos, su contribución aporta mucho y así se valora. Por tanto, someter a deportistas de élite a la altísima exigencia que les corresponde sin el apoyo de un psicólogo que vele por su salud mental ya no es cuestión de ignorancia, sino de una gran irresponsabilidad. Ahora, tras lo sucedido a Anna, y quizá en parte porque ha trascendido a la opinión pública, ha habido directivos de las instituciones deportivas (federación, Comité Olímpico, ¿Consejo Superior de deportes?) que le han brindado todo su apoyo. ¿Por qué no lo han hecho antes? ¿Por qué no han valorado previamente la importancia de su salud mental? ¿Por qué no han respetado su dedicación y esfuerzo, su entrega como persona y como deportista, dotándola del apoyo psicológico que tanta falta le ha hecho? ¿Un lujo?

El psicólogo del deporte no es un terapeuta y, por tanto, no está preparado para tratar una depresión, pero sí lo está para prevenirla y, si fuera el caso, derivar al deportista a un psicólogo especialista antes de que el problema sea grave (al igual que el médico deportivo deriva a un colega especialista en función de las necesidades del deportista enfermo o lesionado). La función del psicólogo del deporte, además de contribuir a optimizar el rendimiento deportivo, es velar por la salud de los deportistas. Con este propósito, puede detectar situaciones de riesgo y asesorar sobre la mejor forma de aliviarlas o compensarlas, puede ayudar a los deportistas, como apunta Anna, a gestionar sus emociones extremas, y puede intervenir en los momentos más críticos. Su contribución debe servir para que los deportistas estén sanos mentalmente y, así, puedan afrontar mejor los desafíos deportivos. ¿Un lujo?

En definitiva, el psicólogo es un especialista que se ocupa de la salud y el rendimiento de los deportistas. Por tanto, considerando el elevado riesgo para la salud mental que, por su alto nivel de exigencia, conlleva el deporte de élite, la presencia de un psicólogo es fundamental. También en el deporte de base, pues ahí también existe un riesgo y la colaboración del psicólogo puede ser muy provechosa, pero en la élite es algo incuestionable. 

En su impactante discurso, Anna transmitió su deseo de que en el futuro (esperemos que inmediato) otros deportistas puedan disponer de esa ayuda especializada que ella no ha tenido. ¿Servirá lo sucedido para tomar medidas antes de que ocurran otros casos? ¿Es un lujo velar por la salud de los deportistas, o una obligación que las instituciones deportivas deben asumir? ¿El psicólogo es un lujo, o una necesidad? 

Postdata: Le deseo lo mejor a Anna Boada. Se ha quitado de encima la pesada losa que llevaba a cuestas, pero ahora se enfrenta a una recuperación que llevará su tiempo. La retirada, por un lado, puede producirle alivio; pero por otro, puede acentuar la sensación de fracaso y debilitar su autoestima. El tratamiento psicológico apropiado debe ayudarla a superar esta enfermedad. Probablemente, no volverá a competir al alto nivel que estaba acostumbrada (seguramente, no lo pretenda), pero la vida le planteará otros retos para los que deberá estar preparada; el más importante: estar bien consigo misma. 

José María Buceta, psicólogo deportivo (http://chemabuceta.blogspot.com.es/)

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