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José María Buceta, psicólogo deportivo (http://chemabuceta.blogspot.com.es/)

28/03/2017

¿Padres salvajes?

¿Padres salvajes? El pasado fin de semana corrió la noticia, video incluido, del lamentable espectáculo de unos padres que, durante el partido de fútbol que sus hijos de categoría infantil disputaban, se pelearon salvajemente. Al parecer, el detonante fue la pelea de dos jugadores (¿sorprende, cuando es lo que los chicos ven en los profesionales?).

Los padres, después, entraron al campo y se liaron entre ellos a mamporrazos mientras algunas madres gritaban ¡qué vergüenza! y suplicaban que la aberrante contienda terminara. El árbitro suspendió el partido y, según se ha sabido, alguien del equipo local fue a su vestuario a recriminarle que, por su culpa, había sucedido todo eso (¡siempre el árbitro! ¿sorprende, cuando es lo que con frecuencia se oye en el fútbol profesional?).

Aprovechando este bochornoso suceso, son muchos los que se han rasgado las vestiduras y culpado a los padres y a la sociedad en general, pero sin poner el dedo en la llaga del peligroso ejemplo que a menudo ofrecen el fútbol profesional y su entorno. Por desgracia, no es un hecho aislado.

Otras veces no se pasa de las agresiones verbales, o los hechos no tienen tanta repercusión, pero cada semana hay docenas de comportamientos antideportivos en los campos de fútbol donde juegan niños (¿sorprende, cuando es lo que se observa en los grandes estadios y en la televisión?); y lo malo es que se está convirtiendo en algo normal que se acepta con resignación como si fuera parte del mobiliario: hay dos porterías, un balón, 22 jugadores… y gente insultando al árbitro. Lo habitual. Eso sí, cuando ocurre algo que llama mucho la atención, enseguida se habla de buenos propósitos que jamás se concretan y no tardan en quedarse en agua de borrajas.

El comportamiento de los padres de los deportistas jóvenes, no sólo en los partidos, sino también en casa, el coche y cualquier otro lugar, es un asunto de suma importancia que no se puede dejar al azar, sino que hay que abordarlo con seriedad y verdadera voluntad de gestionarlo con eficacia. Por un lado, los padres son un ejemplo para sus hijos; y si el deporte es, o debe ser, una escuela de valores para la vida, es evidente que comportamientos como pelearse entre ellos, insultar al árbitro, despreciar a los rivales, etc. son un mal escaparate que va en contra del desarrollo de tales valores.  

Además, lo que dicen y hacen los padres tiene una enorme influencia en el funcionamiento de los muchachos, por lo que hay que tenerlo muy en cuenta. Por ejemplo, si un padre le dice a su hijo que en vez de pasar el balón, regatee y tire a gol, o le recrimina la falta de esfuerzo, o habla de lo bueno que es y del dinero que va a ganar cuando sea profesional, o se enfada cuando no juega, etc. eso influye, se quiera o no, en las expectativas, las emociones, el comportamiento y el rendimiento del joven jugador. ¿Lo ignoramos? ¿Cuál es la solución?

En estos días se ha dicho, por ejemplo, que en clubes de fútbol como el Valencia y el Sevilla, no dejan que los padres asistan a los entrenamientos; y se han quedado tan anchos pensando que la solución es esa “porque así los chicos se concentran y rinden mejor”. Por esa misma razón, se podrían jugar todos los partidos a puerta cerrada (me extraña que todavía no se le haya ocurrido a algún iluminado), ya que, quizá, los chavales jugarían mejor y se evitarían espectáculos como el del domingo pasado. Claro que faltaría solucionar el problema de los padres en casa y el coche, como se lamentaba el técnico de uno de estos dos clubes tras explicar la brillante idea de no permitirles la entrada en los entrenamientos. Posiblemente, habría que obligar a los chicos a que jamás subieran al coche de sus padres, e incluso a que sólo hablaran con ellos cuando terminara la temporada. 

En el transcurso de esta, podría establecerse la norma de que los padres tuvieran que guardar una distancia con sus hijos deportistas de por lo menos 200 metros, y por supuesto, nada de comer en la misma mesa, asistir a las mismas reuniones familiares y comunicarse por el móvil. ¡Padres a distancia y sin móvil! ¡Deportistas huérfanos! El sueño de muchos entrenadores y directores deportivos. La solución final.

Mientras algunos sueñan con estas y otras medidas absurdas, encaminadas a que los padres estén lo más lejos posible, se pueden buscar soluciones razonables y viables que en lugar de excluir, incluyan a los padres. ¿Por qué? Muy sencillo. Se quiera o no, los padres son imprescindibles para que los chicos hagan deporte; más aun, cuando tienen que pagar cuotas y asumir el transporte de sus hijos adaptando el presupuesto y la vida familiar para poder hacerlo; pero también, cuando se trata de clubes poderosos como los citados, que asumen los gastos y, gracias a eso y al poder sobre los chicos, tienen la capacidad de prohibir el paso a los padres, decirles que hagan el pino, bailen la jota o se vistan de torero, sabiendo que con tal de que sus hijos sigan en tan privilegiado entorno, harán lo que se les ordene. Estos padres, aun estando atrapados, también quieren participar, y de alguna manera, quiera o no el club, participan. No están en los entrenamientos, y los responsables deportivos se sienten más cómodos con la fantasía de que el problema está resuelto, pero ¿qué pasa después? ¿y en los partidos?

No me canso de explicar que se quiera o no, se ignore o no, la realidad es que los padres también juegan, y por tanto, si se pretende que jueguen bien, hay que entrenarlos. Y además de charlas y otras actividades formativas, su asistencia a los entrenamientos de los chavales es una buena oportunidad para que adquieran el hábito de comportarse bien; y para los chicos, de acostumbrarse a rendir en presencia de sus padres, algo que mientras no se obligue a jugar a puerta cerrada, no tienen más remedio que hacer en los partidos. ¿No se entrena para rendir en los partidos? ¿Por qué entonces no se entrena para rendir en presencia de los espectadores habituales? 

La formación/entrenamiento de los padres es una responsabilidad que algunos clubes asumen ya como parte de sus programas deportivos, pero en otros casos, se sigue negando. ¿Por qué? En gran parte, por ignorancia y falta de habilidad para trabajar con los padres. Lo fácil es quejarse, culparlos, condenarlos, comentar sus atrocidades, prohibirles entrar en las instlaciones ("ni perros ni padres"),  volver a quejarse, señalarlos cuando los chicos no avanzan (“es que con ese padre…”). Lo costoso es aceptar la realidad de que también juegan y llevar a cabo acciones eficaces no sólo para que no estorben, sino para que sean buenos jugadores y sumen. Y no sirven esos decálogos ridículos con todas las prohibiciones (no esto, no lo otro...), sino una orientación en positivo sobre lo que sí pueden hacer para ayudar a que la experiencia de sus hijos sea beneficiosa.

La solución no es prohibir, sino educar. Un camino largo; pero si se buscan soluciones eficaces, no se trata de poner parches para salir del paso, ni hay que desanimarse porque en las primeras charlas para padres, muchos no acudan. Al contrario, hay que desarrollar y llevar a cabo con convicción, programas de formación para padres que tengan una continuidad. En función de los medios disponibles, estos programas pueden ser más o menos extensos, pero hasta el club más modesto puede tener su programa para padres. Por supuesto, los clubes que tienen poder sobre los padres, podrían utilizarlo para que asistan a las reuniones, se informen y aprendan pautas de comportamiento apropiado. En cualquier caso, la colaboración de los psicólogos del deporte como asesores, mediadores y formadores puede ser muy valiosa. De hecho, son estos los profesionales que ya tienen una dilatada experiencia en este ámbito con resultados muy favorables.

Otra figura clave es el director deportivo, quien debe programar y coordinar la realización de estos programas. También podrían tomar la iniciativa los propios padres, pero son los clubes y las federaciones, es decir, los profesionales del deporte, quienes más tienen que asumir esa responsabilidad. La mayoría de los padres mejoran su comportamiento dentro y fuera de las gradas cuando se les informa y se les da la oportunidad de reflexionar, comunicarse con los entrenadores y los directores deportivos y actuar con responsabilidad. (Para más información sobre este asunto, el lector puede consultar otros escritos de este blog y también mi libro: “Mi hijo es el mejor, y además es mi hijo” publicado por la editorial Dykinson).

Ahora bien, en la situación que estamos, fundamentalmente en el fútbol (aunque en menor grado, también en otros deportes), la educación de los padres, siendo imprescindible, no puede ser la única acción. De manera paralela, no hay más remedio que adoptar medidas punitivas que ayuden a cortar de raíz comportamientos como los que, cada vez con mayor frecuencia, se ven en las gradas y los terrenos de juego. En primer lugar, hay que erradicar los malos ejemplos que están presentes en el fútbol de élite y su entorno. 

La semilla de muchos comportamientos antideportivos y salvajes en las categorías inferiores son las peleas en el campo, los insultos a los árbitros, las declaraciones hostiles de los entrenadores, los jugadores y los directivos, y los comentarios irresponsables de muchos periodistas, por ejemplo, culpabilizando a los árbitros o minimizando los comportamientos lamentables de los jugadores.

Se persiguen el racismo y la violencia en los estadios, pero no los malos ejemplos antideportivos que ofrecen los profesionales. Sin embargo, estos tienden a ser imitados por quienes admiran a personajes tan influyentes; sobre todo, en ausencia de una educación de los padres que ofrezca una alternativa adecuada. ¿Sorprende que suceda lo que tantas veces vemos? El jugador, entrenador o presidente que, de palabra u obra, actúe antideportivamente, debería ser sancionado con contundencia.

La fama ayuda a alimentar el ego y ganar más dinero, pero también tiene que exigir más responsabilidad. Y por supuesto, se deben destacar los ejemplos de buen comportamiento, que son muchos, para que sean estos los que se imiten y no los otros.
Más difícil es sancionar lo que ocurre en las gradas de los grandes estadios, pero también ahí habría que actuar. Si un espectador, con toda naturalidad, llama hijo de puta al árbitro o le dice a un jugador del equipo contrario que ojalá le partan una pierna, y no pasa nada (incluso le ríen la gracia), no debe extrañar que a falta de una información mejor, los padres de los niños hagan lo mismo en su fútbol a pequeña escala. Es lo normal ¿no? ¿Qué pasaría si hubiera agentes de seguridad en las gradas, como ya los hay para prevenir los enfrentamientos con los seguidores visitantes o la invasión del campo, que expulsaran a los espectadores que mostraran el comportamiento intolerable que continuamente vemos? 

Sé que puede parecer una utopía, pero si de verdad se quiere erradicar el problema, hay que tomar medidas contundentes. Cuando se prohibió fumar, muchos creían que sería imposible hacerlo cumplir. Si se prohíbe insultar o faltar al respeto en los estadios… ¿Por qué no?

Menos difícil sería sancionar a los que insultan o agreden en los partidos de los jóvenes. No sólo a los padres; también a los entrenadores y los directivos. Estos suelen quejarse de los padres como los malos de la película, pero en muchos casos, son ellos el peor ejemplo. Si un entrenador de chavales protesta al árbitro de mala manera, es expulsado, menosprecia a los chicos, etc. ¿se puede exigir a los padres de ese equipo que se comporten correctamente? Las sanciones en estas categorías deberían ser muy estrictas. 

En el caso de los padres, en cuanto hubiera insultos desde el grada, el árbitro tendría que poder expulsar a esos espectadores; e incluso dar el partido por perdido a ese equipo. “Es que los chicos no tienen la culpa”. Cierto, pero la mayor presión para los padres es la de sus propios hijos. Si los niños pierden un partido porque un padre montó el número en la grada, es muy probable que eso no vuelva a ocurrir: su propio hijo le presionará para que no suceda, y también los demás padres. Educar de verdad y sancionar sin vacilar. ¿Dejamos que los salvajes crezcan, o hacemos algo que sea verdaderamente eficaz?

José María Buceta, psicólogo deportivo (http://chemabuceta.blogspot.com.es/)

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